La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —SÃ, Eliza, siempre que nos tengamos el uno al otro y a nuestro hijo. ¡Ay, Eliza, si supiera esta gente la bendición que supone que un hombre sienta que su esposa y su hijo le pertenecen a él! A menudo me ha sorprendido observar cómo se preocupaban de otras cosas hombres que podÃan decir que sus esposas e hijos eran suyos. La verdad es que me siento rico y fuerte aunque no poseamos más que las manos desnudas. Me siento incapaz de pedirle más a Dios. SÃ, aunque he trabajado mucho todos los dÃas hasta los veinticinco años y no tengo ni un centavo, ni techo sobre la cabeza, ni un terruño propio, si ahora me dejan en paz, me sentiré satisfecho, agradecido incluso; trabajaré y te mandaré dinero para ti y para mi hijo. En cuanto a mi antiguo amo, ha cobrado más de cinco veces lo que haya podido pagar por mÃ. No le debo nada.
—Pero aún no estamos fuera de peligro del todo —dijo Eliza—; aún no estamos en Canadá.
—Es verdad —dijo George—, pero me parece que huelo el aire libre y me hace sentir fuerte.
En este momento se oyeron voces conversando enérgicamente en la habitación contigua y poco después se oyó una llamada a la puerta. Eliza se levantó para abrirla.