La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Si estas palabras hubieran sido dichas por algún predicador pagado de sí mismo, cuya boca las hubiera pronunciado como una retahíla pía y retórica, apropiada para emplearse con las personas angustiadas, quizás no hubieran tenido mucho éxito; pero al proceder de uno que se arriesgaba diariamente a que lo multasen o encarcelasen por servir a Dios y al hombre, tenían un peso que no se podía menos que sentir, y a los dos pobres fugitivos afligidos les infundió tranquilidad y fuerza.

Rachel cogió cariñosamente a Eliza de la mano para llevarla a la mesa a cenar. Al sentarse, se oyó una suave llamada a la puerta y entró Ruth.

—He venido sólo con estos calcetines para el muchacho —dijo—, tres pares de buenos calcetines calentitos de lana. Hará tanto frío en Canadá, ¿sabes? ¿Sigues con buen ánimo, Eliza? —añadió, corriendo al otro lado de la mesa para cogerle cálidamente la mano y deslizarle una torta de semillas a Harry en la mano—. Le he traído un paquetito de éstas —dijo, tirando de su faltriquera para sacarlo—. Ya sabéis que los niños siempre están comiendo.

—Muchas gracias, es usted muy amable —dijo Eliza.

—Vamos, Ruth, siéntate a cenar —dijo Rachel.


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