La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—No puedo. He dejado a John con el niño y algunas galletas en el homo; no puedo quedarme más que un momento o John me quemará las galletas y le dará al niño todo el azúcar del azucarero. Así lo hace siempre —dijo, riéndose, la pequeña cuáquera—. Así que adiós, Eliza, adiós, George; que el Señor os proteja en vuestro viaje —y salió Ruth de la casa con pasitos rápidos.

Un rato después de la cena, se detuvo en la puerta un gran carretón cubierto; las estrellas iluminaban la noche. Phineas bajó del pescante de un brinco para acomodar a los pasajeros. Salió George por la puerta con su esposa de un brazo y su hijo del otro. Sus pasos eran firmes, su rostro decidido y resuelto. Rachel y Simeon salieron tras ellos.

—Apeaos un momento —dijo Phineas a los que estaban dentro— para que arregle la parte de atrás del carro para las mujeres y el niño.

—Aquí tenéis dos pieles de búfalo —dijo Rachel— para que los asientos sean lo más cómodos posible; es duro viajar toda la noche.

Primero salió Jim y ayudó a apearse a su anciana madre, que le agarraba del brazo y miraba alrededor ansiosa como si esperase ver a sus perseguidores en cualquier momento.

—Jim, ¿tienes las pistolas a punto? —preguntó George con una voz baja y firme.


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