La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Por supuesto —dijo Jim.
—¿Y no dudarás en actuar si vienen?
—Creo que no —dijo Jim, descubriendo su amplio pecho al respirar hondo—. ¿Crees que voy a permitir que vuelvan a coger a mi madre?
Durante este breve coloquio, Eliza se despidió de su bondadosa amiga Rachel. Simeon la ayudó a subirse al carro y se deslizó hacia la parte de atrás con su hijo, sentándose entre las pieles de búfalo. Después ayudaron a subirse y a sentarse a la anciana, se colocaron George y Jim en un burdo asiento de madera delante de ellos y Phineas se subió al pescante.
—Adiós, amigos —dijo Simeon desde fuera.
—¡Que Dios os bendiga! —contestaron todos desde dentro.
Y partió el carretón, traqueteando y sacudiéndose por la carretera helada.