La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom No había oportunidad de conversar por culpa de la escabrosidad de la carretera y el ruido de las ruedas. Por lo tanto el vehículo siguió su camino a través de largas extensiones de bosque oscuro, amplias y monótonas llanuras, subiendo colinas, bajando valles, milla tras milla, hora tras hora. El niño se durmió enseguida y se quedó echado en el regazo de su madre. La pobre anciana asustada olvidó por fin sus temores, y, al avanzar la noche, incluso a Eliza se le cerraron los ojos a pesar de todas sus ansiedades. Phineas parecía ser el más espabilado del grupo y aliviaba el largo camino silbando unas melodías muy poco típicas de un cuáquero.
Pero alrededor de las tres el oído de George captó el chacoloteo apresurado y decidido de los cascos de un caballo a cierta distancia de ellos y dio un codazo a Phineas. Phineas detuvo los caballos para escuchar.
—Debe de ser Michael —dijo—; creo reconocer el sonido de su galope y se levantó para mirar ansiosamente atrás. Vislumbraron en lontananza a un hombre cabalgando velozmente en lo alto de una colina.