La Cabaña del tĂo Tom
La Cabaña del tĂo Tom —¡AllĂ está, ya lo creo! —dijo Phineas. Antes de darse cuenta de lo que hacĂan, George y Jim habĂan saltado del carro. Todos se quedaron muy callados, las caras vueltas hacia el mensajero que esperaban. Este se acercaba. BajĂł a un valle, donde no lo podĂan ver; pero oĂan cada vez más cerca el traqueteo rápido y estridente; por fin lo vieron aparecer por una loma, al alcance de la voz.
—¡SĂ, es Michael! —dijo Phineas; luego elevĂł la voz y gritó—: ¡Hola, Michael!
—Phineas, ¿eres tú?
—SĂ; ÂżquĂ© noticias hay? ÂżVienen?
—Pisándonos los talones, ocho o diez hombres, atiborrados de coñac, maldiciendo y echando espuma como lobos salvajes.
Y, mientras hablaba, el viento les llevĂł el tenue sonido de caballos que se les acercaban al galope.