La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Subid, subid rápido, muchachos —dijo Phineas—. Si tenéis que pelear, esperad a que os lleve un poquito más adelante —al oírlo, subieron ambos hombres. Phineas azotó a los caballos para meterles prisa y Michael cabalgó junto a ellos. El carretón traqueteaba, saltaba, casi volaba por el camino helado; pero les llegaba cada vez más nítido el sonido de los jinetes que los perseguían. Lo oyeron las mujeres y, cuando miraron ansiosamente, vieron a lo lejos, en la cima de una colina, a un grupo de hombres que se destacaba contra el cielo veteado de rojo por la aurora. Después, otra colina, y era evidente que sus perseguidores habían visto su carro, cuyo toldo blanco resaltaba a gran distancia, y el viento les transportó un alarido de feroz triunfo. Eliza desfalleció y abrazó a su hijo más fuertemente contra su pecho; la anciana rezaba y gimoteaba y George y Jim agarraban sus pistolas con desesperación. Los perseguidores los alcanzaron rápidamente; el carro giró de pronto y se detuvo junto a una escarpada roca que se erguía sobre un cerro aislado que se alzaba con otras rocas en medio de un amplio claro despejado y plano. Esta pila o cordillera de rocas aisladas se recortaba negra y pesada contra el luminoso cielo del amanecer y parecía ofrecer asilo y protección. Era un lugar que Phineas conocía bien desde sus días de cazador; de hecho, había forzado a los caballos para que alcanzaran este paradero.


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