La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Phineas iba delante, saltando como una cabra por los riscos con el niño en brazos. Le seguÃa Jim, llevando a su temblorosa madre al hombro, y George y Eliza iban los últimos. El grupo de jinetes llegó a la valla y, entre gritos y juramentos, empezaron a desmontar y se dispusieron a seguirlos. Después de unos minutos de escalada, alcanzaron el saliente, donde el sendero se metió por un desfiladero, por el que tuvieron que pasar de uno en uno, hasta que llegaron a una hendidura o grieta de más de una yarda de anchura, al otro lado de la cual yacÃa un montón de rocas, separadas del resto del saliente y alcanzando treinta pies de altura, con muros altos y perpendiculares como los de un castillo. Phineas saltó la grieta sin dificultad y sentó al niño sobre un suave lecho de crujiente musgo blanco que cubrÃa la superficie de la roca.
—¡Cruzad! —gritó—. ¡Saltad de una vez, que vuestra vida depende de ello! decÃa, mientras fueron pasando uno tras otro. Varios fragmentos de piedra formaban una especie de parapeto que les ocultaba a la vista de los de más abajo.
—Bien, aquà estamos todos —dijo Phineas, asomándose al parapeto para ver a los asaltantes, que trepaban alborotados por las rocas—. ¡Que nos cojan si pueden! Los que vengan aquà tendrán que pasar en fila india entre aquellas dos rocas, bien al alcance de vuestras pistolas, muchachos, ¿lo veis?