La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Oh, sÃ, desde luego, la cuestión es… ¡menuda cuestión! ¿Cómo has llegado tú a este estado de pecado y miseria? Pues yo te contestaré con las buenas palabras que tú me enseñabas los domingos. Yo he llegado a este estado por herencia. Mis sirvientes eran de mi padre y, es más, de mi madre; y ahora son mÃos, ellos y su progenie, que es una cosa muy considerable. Mi padre, ¿sabes?, era originario de Nueva Inglaterra; era un hombre muy parecido al tuyo, un verdadero romano, recto, enérgico, de nobles ideas y con una voluntad de hierro. Tu padre se asentó en Nueva Inglaterra, para reinar sobre rocas y piedras y ganarse la vida exprimiendo la naturaleza; el mÃo se estableció en Luisiana, para reinar sobre hombres y mujeres y ganarse la vida exprimiéndolos a ellos. Mi madre —dijo St. Clare, levantándose y acercándose a un cuadro que habÃa en un extremo de la habitación, que miró con un rostro ferviente de adoración— ¡era divina! No me mires asÃ, ya sabes lo que quiero decir. Probablemente surgió de un nacimiento humano; pero por lo que yo pude observar no habÃa ninguna huella de debilidades o flaquezas humanas en ella; y todos los que la recuerdan, esclavos o libres, sirvientes, conocidos, parientes, todos dicen lo mismo. La verdad es, prima, que lo único que ha habido desde hace años entre yo y el escepticismo total ha sido esa madre. Era la verdadera encarnación y personificación del Nuevo Testamento, un hecho viviente que habÃa que explicar, y que sólo se explicaba con su verdad. ¡Oh, madre, madre! —dijo St. Clare, juntando las manos, en una especie de trance; después, controlándose, regresó y, sentándose en la otomana, continuó: