La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Dios me ampare, ¿será posible? —dijo el tÃo Tom, mirando con aire de respeto y admiración cómo su joven profesor garabateaba vigorosamente innumerables «cus» y «ges» para su beneficio; luego, cogiendo el lápiz entre sus grandes dedos torpes, se puso a comenzar de nuevo.
—¡Con qué facilidad los blancos hacen siempre las cosas! —dijo la tÃa Chloe, parando un momento de engrasar una sartén con un pedazo de tocino pinchado en un tenedor y mirando orgullosa al joven señorito George—. ¡Qué manera de escribir y de leer! Y luego viene aquà por las tardes y nos lee la lección, ¡qué interesante!
—Pero, tÃa Chloe, tengo muchÃsima hambre —dijo George—. ¿No está casi hecho el pastel del caldero?
—Casi hecho, señorito George —dijo la tÃa Chloe, levantando la tapadera para mirar adentro—, dorándose que da gusto, poniéndose precioso. ¡Bah! Nadie los hace como yo. El otro dÃa la señora dejó a Sally hacer un pastel, sólo para que aprendiera, dijo. «Calle, calle, señora», le dije, «¡me duele en el alma ver que se echen a perder de esa forma los buenos alimentos! El pastel ha subido sólo por un lado, no tiene más forma que mi zapato, ¡vaya, vaya!».