La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Y con estas últimas palabras de desprecio por la ineptitud de Sally, la tÃa Chloe quitó la tapadera del caldero para mostrar un precioso pastel de una libra del que hubiera estado orgulloso cualquier pastelero de la ciudad. Al hacerse patente cuál era el punto central de la diversión, la tÃa Chloe se puso a trajinar en serio en los preparativos de la cena.
—¡Eh, vosotros, Mose y Pete! ¡Quitaos de en medio, negritos! Mericky, cariño, vete de ahÃ. La mamá le dará algo luego a su nena. Señorito George, coja usted esos libros y siéntese con mi viejo, y yo cogeré las salchichas y tendré la primera tanda de bollos en sus platos en menos que canta un gallo.
—QuerÃan que fuera a cenar a la casa —dijo George—, pero sabÃa demasiado bien lo que me convenÃa, tÃa Chloe.
—De veras que sÃ, cariño —dijo la tÃa Chloe, llenándole el plato con una pila de bollos humeantes—; sabÃa que su vieja tÃa Chloe guardarÃa lo mejor para usted. ¡Si sabe lo que le conviene! ¡Anda ya! —y la tÃa Chloe tocó con el dedo a George de una manera que pretendÃa fuera de lo más cómico, y se volvió hacia su sartén con gran energÃa.
—Y ahora, el pastel —dijo el señorito George cuando hubo amainado un poco la actividad de la zona de la sartén; y al mismo tiempo, el joven blandÃa un gran cuchillo por encima de dicho objeto.