La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Y cómo crees que acabará todo esto? —preguntó la señorita Ophelia.
—No lo sé. Una cosa es segura: empieza a haber una gran unidad entre las masas de todo el mundo y, tarde o temprano, llegará un dies irae[35]. Lo mismo ocurre en Europa, en Inglaterra y en este paÃs[36]. Mi madre solÃa hablarme de un milenio que venÃa en el que reinarÃa Jesucristo y todos los hombres serÃan libres y felices. Y me enseñó a rezar, cuando era niño, «venga a nosotros tu reino». A veces pienso que todos estos suspiros y lamentos y agitación entre los huesos secos son una premonición de lo que me decÃa ella habÃa de venir. Pero ¿quién puede esperar el dÃa que aparezca?
—Augustine, a veces creo que no estás lejos de ese reino —dijo la señorita Ophelia, dejando su calceta y mirando ansiosa a su primo.
—Gracias por tu buena opinión, pero soy todo altibajos: subo a las puertas del cielo en teorÃa y bajo al polvo de la tierra en la práctica. Pero ha sonado la campana del té; vámonos; y no me vayas a decir que no he sostenido una conversación de lo más serio por una vez en mi vida.
En la mesa, Marie hizo alusión al incidente de Prue:
—Supongo que pensarás, prima —dijo—, que somos todos unos bárbaros.