La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Nunca nacÃ! —insistió Topsy, con otra mueca, que la hacÃa parecerse tanto a un duende que, si la señorita Ophelia hubiera sido nerviosa, habrÃa podido creer que tenÃa entre manos un gnomo de la tierra de la Diablura; pero la señorita Ophelia no era nerviosa, sino práctica y sensata, por lo que dijo, algo severa:
—No debes contestarme de esta forma, niña; no estoy jugando contigo. Dime dónde naciste y quiénes eran tu padre y tu madre.
—¡No nacÃ! —repitió la criatura, con más énfasis—; nunca he tenido padre ni madre ni nada. Me crió un especulador con otros muchos. La vieja tÃa Sue nos cuidaba.
Era evidente que la niña decÃa la verdad; con una breve risotada, Jane dijo:
—Caramba, señora, hay montones como ella. Los especuladores los compran baratos cuando son pequeños y los crÃan para el mercado.
—¿Cuánto tiempo has vivido con tus amos?
—No lo sé, amita.
—¿Un año, más o menos?
—No lo sé, amita.
—Caramba, señora, estos negros inferiores no saben, no entienden nada del tiempo —dijo Jane—; no saben lo que es un año; no saben su propia edad.
—¿Has oÃdo hablar de Dios, Topsy?
La niña parecÃa perpleja, pero seguÃa sonriendo.