La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Después de una semana o dos, mejoraron mucho los síntomas —una de esas treguas ilusorias con las que su enfermedad inexorable ilusiona a un corazón anhelante, aun al borde de la tumba. Se oían de nuevo las pisadas de Eva en el jardín y en los balcones; volvía a reír y jugar; y su padre, en un arranque de esperanza, declaró que pronto estaría tan fuerte como cualquiera. Sólo la señorita Ophelia y el médico no se dejaron ilusionar por esta calma engañosa. También había otro corazón que tenía la misma certeza: el pequeño corazón de Eva. ¿Qué es lo que indica a veces tan tranquila y claramente al alma que le queda poco tiempo sobre la tierra? ¿Es el instinto secreto de la naturaleza al debilitarse o el latido impulsivo del alma al aproximarse a la inmortalidad? Sea lo que sea, una certeza serena, dulce y premonitoria de que el Cielo estaba cerca yacía en el corazón de Eva; serena como la luminosidad de la puesta del sol, dulce como el sosiego brillante del otoño, allí reposaba en su pequeño corazón, inquieto sólo por la pena que sentía por los que la querían tanto.

Porque la niña, aunque la atendían con tanta ternura y la vida se desplegaba ante ella con todo el resplandor que podían conferirle el amor y la riqueza, no sentía ninguna pesadumbre por su muerte.


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