La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom También sentÃa pena por los afectuosos y fieles criados para los que ella era como la luz del sol. Los niños no suelen generalizar, pero Eva era una niña más madura que la mayorÃa, y los males que habÃa presenciado del sistema bajo el que vivÃan habÃan llegado, uno por uno, al fondo de su corazón preocupado. TenÃa unas vagas ansias de hacer algo por ellos, de bendecirlos y salvarlos no sólo a ellos sino a todos los de su misma condición, ansias que contrastaban tristemente con la debilidad de su pequeño cuerpo.
TÃo Tom —dijo un dÃa, mientras le leÃa a su amigo—, comprendo por qué Jesús quiso morir por nosotros.
—¿Por qué, señorita Eva?
—Porque yo también lo he sentido.
—¿Y qué es, señorita Eva? No comprendo.
—No te lo sé decir; pero cuando vi a aquellas pobres criaturas en el barco, ya sabes, cuando tú y yo…; algunas habÃan perdido a sus madres y otras a sus maridos y algunas madres lloraban a sus hijos… y cuando me enteré de lo de la pobre Prue, ¿no fue terrible?, y muchÃsimas veces más, he sentido que me gustarÃa morir si mi muerte pudiera poner fin a todo ese sufrimiento. MorirÃa por ellos, Tom, si pudiera —dijo la niña con seriedad, posando su pequeña mano sobre la de él.