La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Eva, querida, te encuentras mejor estos dÃas, ¿verdad?
—Papá —dijo Eva con una firmeza inesperada—, hace tiempo que hay unas cosas que te querÃa decir, hace mucho tiempo. Te las voy a decir ahora, antes de debilitarme.
St. Clare tembló y Eva se sentó en su regazo. Ésta apoyó la cabeza en su pecho y dijo:
—Es inútil, papá, que lo guarde más tiempo para mÃ. Se acerca la hora en la que tendré que dejarte. ¡Me voy y no volveré nunca! y Eva sollozó.
—¡Vamos, vamos, querida Eva! —dijo St. Clare, temblando pero animoso—, estás nerviosa y desalentada; no debes albergar unas ideas tan funestas. Mira, te he comprado una estatuilla.
—No, papá —dijo Eva, apartándola con suavidad—, no te engañes. No estoy mejor, lo sé perfectamente, y me iré dentro de poco. No estoy nerviosa, no estoy desalentada. Si no fuera por ti, papá, y todos mis amigos, serÃa muy feliz. Quiero irme, ¡estoy deseando irme!
—¿Por qué, querida hija? ¿Qué es lo que ha entristecido tu pobre corazoncito? Has tenido todo lo que se te podÃa dar para hacerte feliz.