La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La pequeña evangelista
Era el domingo por la tarde. St. Clare se encontraba echado en una tumbona de bambú en el porche, solazándose con un cigarro. Marie estaba reclinada en un sofá frente a la ventana que daba al porche, bien protegida, bajo un toldo de gasa transparente, de los ultrajes de los mosquitos, con un devocionario elegantemente encuadernado en su lánguida mano. Lo sujetaba porque era domingo, y hacía ver que lo leía, aunque realmente echaba una serie de cabezadas con el libro abierto sobre el regazo.
La señorita Ophelia que, tras mucho buscar, había localizado una pequeña comunidad metodista a una distancia que podía cubrir con el coche, había salido para asistir al servicio con Tom de cochero; y Eva había ido con ellos.
—Oye, Augustine —dijo Marie después de dormitar un rato—, debo hacer venir al viejo doctor Posey de la ciudad; estoy segura de que tengo mal el corazón.
—Pero, ¿por qué lo llamas a él? El médico que atiende a Eva parece muy hábil.
—No me fiaría de él para un caso crítico —dijo Marie—; y creo que el mío empieza a serlo. Hace dos o tres noches que lo pienso; ¡tengo unos dolores tan angustiosos y unas sensaciones tan raras!
—¡Ay, Marie, qué melancólica estás! No creo que le pase nada a tu corazón.