La Cabaña del tío Tom

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—Seguro que tú no lo crees —dijo Marie—; ya me esperaba eso. Tú te alarmas mucho si Eva tose o le pasa cualquier cosita, pero nunca piensas en mí.

—Si te resulta muy agradable tener una enfermedad del corazón, pues entonces intentaré creer que la tienes —dijo St. Clare—; no lo sabía.

—Bueno, ¡espero que no te arrepientas de esto cuando sea demasiado tarde! —dijo Marie—, pero, aunque no te lo creas, mi preocupación por Eva y los excesos que he cometido con la querida niña han hecho desarrollarse lo que sospecho hace mucho tiempo.

Hubiera sido difícil saber cuáles eran los excesos de los que hablaba Marie. St. Clare se hizo este comentario a sí mismo en silencio y siguió fumando, como despiadado y duro de corazón que era, hasta que se detuvo un coche junto al porche y se apearon Eva y la señorita Ophelia.

La señorita Ophelia se dirigió a su propia habitación enseguida para guardar su sombrero y su chal, como era su costumbre, antes de pronunciar una palabra sobre cualquier tema; mientras que Eva acudió a la llamada de St. Clare y se sentó en su regazo para contarle los detalles de la ceremonia a la que habían asistido.

Pronto oyeron unas ruidosas exclamaciones y violentos reproches dirigidos a alguien, procedentes del cuarto de la señorita Ophelia, que daba al porche, como el cuarto donde se hallaban sentados.


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