La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Marie elevó la voz y llamó a la señorita Ophelia, que estaba en la habitación de al lado.
La niña se apartó a medias de las almohadas cuando entró y, sacudiendo sus largos rizos dorados, dijo juguetona:
—¡Vamos, tía, esquila la oveja!
—¿Qué pasa? —preguntó St. Clare, que entraba en ese momento con alguna fruta que había ido a cogerle.
—Papá, sólo quiero que la tía me corte un poco el pelo; tengo demasiado y me da calor en la cabeza. Además, quiero regalarlo.
La señorita Ophelia se acercó con las tijeras.
—Ten cuidado que no le estropees el aspecto —dijo su padre—; corta por abajo, de donde no se note. Los rizos de Eva son mi orgullo.
—¡Ay, papá! —dijo Eva con tristeza.
—Sí, y quiero que se mantengan espléndidos hasta que te lleve a la plantación de tu tío para ver al primo Henrique —dijo St. Clare con tono alegre.
—Nunca iré allí, papá; voy a un país mejor. ¡Tienes que creerme! ¿No ves, papá, que cada día estoy más débil?
—¿Por qué te empeñas en que crea una cosa tan cruel, Eva? —preguntó su padre.