La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Sólo porque es verdad, papá; si te lo crees ahora, puede que llegues a sentir sobre ello lo mismo que yo.
St. Clare apretó los labios y se quedó contemplando tristemente los largos y hermosos rizos que, según se iban cortando, eran depositados uno tras otro en su regazo. Ella los cogÃa, los miraba muy seria y los enroscaba en sus delgados dedos, mirando ansiosamente a su padre de cuando en cuando.
—¡Es exactamente lo que presentÃa! —dijo Marie— es exactamente lo que me está minando la salud, dÃa a dÃa, y llevándome a la tumba, aunque nadie hace caso. Hace mucho que me he dado cuenta. St. Clare, verás dentro de poco que tengo razón.
—¡Lo que te proporciona un gran consuelo, sin duda! —dijo St. Clare con un tono seco y amargo.
Marie se recostó en el canapé y se cubrió la cara con un pañuelo de batista.
Los claros ojos de Eva pasaron intensamente de uno al otro. Era la mirada serena y comprensiva de un alma liberada a medias de sus ligaduras terrenales; era evidente que veÃa, sentÃa y apreciaba la diferencia que habÃa entre ambos.
Hizo un gesto para llamar a su padre. Éste se acercó y se sentó junto a ella.