La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Papá, mis fuerzas flaquean dÃa a dÃa y sé que me tengo que marchar. Hay algunas cosas que quiero decir y hacer… que debo hacer; y tú te opones a que diga una palabra sobre el tema. Pero ha de suceder y no se puede aplazar. Por favor, ¡deja que hable ahora!
—¡Hija mÃa, claro que te dejo! —dijo St. Clare, cubriéndose los ojos con una mano y cogiendo la mano de Eva con la otra.
—Pues, entonces, quiero ver a toda nuestra gente reunida. Hay algunas cosas que debo decirles.
—Bien —dijo St. Clare, con un tono de seco sufrimiento. La señorita Ophelia mandó a un mensajero y poco después se hallaban reunidos todos los criados en la habitación. Eva se recostó sobre las almohadas; el cabello le caÃa alrededor de la cara y las mejillas sonrosadas contrastaban dolorosamente con la blancura intensa de su cutis y las finas lÃneas de su cuerpo y sus facciones; fijó los grandes ojos espirituales con intensidad en cada uno de ellos.
A los sirvientes les embargó de pronto la emoción. El rostro espiritual, los largos mechones de cabello que yacÃan junto a ella sobre la cama, la cara oculta de su padre y los sollozos de Marie tocaron inmediatamente una fibra de la raza sensible e impresionable; y, al entrar, se miraban entre ellos y meneaban la cabeza. HabÃa un profundo silencio, como en un funeral.