La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Pero, ay, si no sabéis leer, pobres criaturas! —y hundió el rostro en la almohada y lloró, y su llanto era acompañado por los sollozos reprimidos de sus oyentes, que estaban arrodillados en el suelo.
—No importa —dijo, levantando la cara y sonriendo animosa a través de las lágrimas—. He rezado por vosotros y sé que Jesús os ayudará aunque no sepáis leer. Hacedlo todo lo mejor que sepáis; rezad todos los dÃas; rogad a Él para que os ayude, haced que os lean la Biblia siempre que podáis, y creo que os veré a todos en el cielo.
—Amén —respondieron Tom y Mammy y algunos de los mayores, que pertenecÃan a la iglesia metodista. Los jóvenes, más inconscientes y totalmente embargados por la emoción, sollozaban con la cabeza inclinada.
—Yo sé —dijo Eva— que todos me queréis.
—¡SÃ, ay, sÃ, claro que la queremos, que Dios la bendiga! —contestaron involuntariamente todos.
—SÃ, ya lo sé. No hay ni uno entre vosotros que no se haya portado siempre bien conmigo, y quiero daros algo que os haga pensar en mà cuando lo miréis: os voy a dar un rizo de mi cabello. Cuando lo miréis, recordad que os querÃa y que me he ido al cielo y que quiero veros a todos allÃ.