La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom St. Clare habÃa estado sentado todo el rato en la misma postura, con la mano ocultando los ojos. Después de marcharse todos, se quedó igual.
—¡Papá! —dijo Eva, colocando su mano suavemente sobre la de él.
Él se sobresaltó y se estremeció; pero no respondió. —¡Querido papá! —dijo Eva.
—¡No puedo! —dijo St. Clare levantándose—. ¡No puedo soportarlo! ¡El Todopoderoso me ha tratado con mucha crueldad! —y St. Clare pronunció estas palabras con cruel énfasis.
—Augustine, ¿Dios no tiene derecho a hacer lo que quiera con los suyos? —preguntó la señorita Ophelia.
—Quizás, pero no por eso es más fácil de soportar —dijo él con un acento seco, duro e implacable.
—¡Papá, me rompes el corazón! —dijo Eva, incorporándose para lanzarse a sus brazos—; ¡no debes sentirte asÃ! —y la niña lloró y sollozó con una violencia que alarmó a todos, consiguiendo cambiar el rumbo de los pensamientos de su padre.
—¡Vamos, Eva, querida, calla, calla! Me he equivocado; he sido malo. Sentiré lo que tú quieras, haré lo que tú quieras, pero no te angusties asÃ, no llores asÃ. Me resignaré; he hecho mal hablando como lo he hecho.