La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Pronto Eva se quedó como una paloma fatigada en brazos de su padre y él se inclinaba hacia ella y la tranquilizaba con todas las palabras afectuosas que se le ocurrían.
Marie se levantó y se precipitó fuera de la habitación en dirección a la suya propia, donde se abandonó a un violento ataque de histeria.
—No me has dado un rizo, Eva —dijo su padre con una sonrisa triste.
—Son todos tuyos, papá —dijo ella sonriente—, tuyos y de mamá; y debes dar a la tía todos los que quiera. Sólo se los he dado a nuestros pobres criados yo misma porque puede que nadie se acuerde de hacerlo cuando me haya ido y porque espero que les ayude a recordar… Tú eres cristiano, ¿verdad, papá? —preguntó Eva titubeante.
—¿Por qué me lo preguntas?
—No lo sé. Eres tan bueno que no creo que tengas más remedio que serlo.
—¿Qué significa ser cristiano, Eva?
—Querer a Cristo sobre todas las cosas —dijo Eva.
—¿Y tú lo haces, Eva?
—Desde luego que sí.
—Nunca lo has visto —dijo St. Clare.