La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom El tÃo Tom pasaba mucho tiempo en el cuarto de Eva. La niña padecÃa una inquietud nerviosa y le aliviaba mucho que la llevaran en brazos; para Tom, su mayor placer era llevar su frágil cuerpecillo sobre una almohada en sus brazos, a veces paseando por su habitación y a veces por el porche; y cuando soplaban las frescas brisas del lago y ella se sentÃa con más fuerzas por la mañana, a veces paseaba con ella entre los naranjos de la huerta o se sentaba con ella en alguno de sus antiguos bancos para cantarle sus viejos himnos preferidos.
Muchas veces su padre hacÃa lo mismo; pero era de constitución más delicada y, cuando se cansaba, Eva solÃa decirle: —¡Oh, papá, deja que me lleve Tom! ¡El pobre! A él le gusta y sabes que es lo único que puede hacer ahora y quiere hacer algo.
—¡Yo también, Eva! —dijo su padre.
—Pero papá, tú lo puedes hacer todo y lo eres todo para mÃ. Me lees, te quedas levantado conmigo por las noches; y Tom sólo tiene esto y sus cantos; y también sé que es más fácil para él que para ti. ¡Me lleva con tanta fuerza!
Tom no era el único que sentÃa el deseo de hacer algo. Cada sirviente de la casa compartÃa el mismo sentimiento y, a su manera, hacÃa lo que podÃa.