La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom El corazón de la pobre Mammy suspiraba por estar con su adorada niña, pero no encontraba ocasión para ello, noche o dÃa, porque Marie declaró que su estado mental era tal que le era imposible descansar y, por supuesto, iba contra sus principios dejar descansar a los demás. Despertaba a Mammy veinte veces durante la noche para que le frotara los pies, refrescara la cabeza, buscara su pañuelo, fuera a ver qué era el ruido del cuarto de Eva, a bajar una cortina porque habÃa demasiada luz o a levantarla porque habÃa poca; y, durante el dÃa, cuando hubiera querido ayudar a cuidar a su favorita, Marie demostraba un ingenio fuera de lo común para mantenerla ocupada en otros lugares de la casa o cerca de ella misma, por lo que lo único que conseguÃa eran entrevistas clandestinas y visitas fugaces.
—Considero que es mi deber cuidar especialmente de mà misma en estos momentos —decÃa Marie—, pues estoy muy débil y recaen sobre mà todos los cuidados de la querida niña.
—Vaya, querida —decÃa St. Clare—, creÃa que nuestra prima te relevaba de ese deber.
—Hablas como un hombre, St. Clare, como si fuera posible relevarle a una madre de cuidar de un hijo en semejante estado; pero siempre es igual, ¡nadie sabe nunca lo que padezco! ¡Yo no puedo olvidarme de las cosas, como tú!