La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom St. Clare sonrió. Tenéis que perdonarle, porque no pudo evitarlo; St. Clare aún tenía la capacidad de sonreír. El viaje de despedida de la pequeña era tan luminoso y apacible, unas brisas tan dulces y fragantes impulsaban la barca a la orilla celestial, que era imposible darse cuenta de que se aproximaba la muerte. La niña no sufría dolores, sólo una debilidad tranquila y suave, que aumentaba diariamente casi sin que se dieran cuenta; y ella estaba tan bella, tan cariñosa, tan confiada y tan feliz que nadie podía resistirse a la influencia apaciguadora del aire de inocencia y paz que parecía envolverla. St. Clare notó cómo lo envolvía un extraño sosiego. No era esperanza: eso era imposible; no era resignación; sólo era un tranquilo descanso en el presente, que le parecía tan bello que no quería pensar en el futuro. Era como el silencio espiritual que experimentamos en los luminosos y benignos bosques en el otoño, cuando los árboles se tiñen de un rubor brillante y febril y se ven las últimas flores rezagadas junto al arroyo; y lo disfrutamos todo mucho más sabiendo que pronto desaparecerá.
El amigo que más sabía de los pensamientos y presagios de Eva era su fiel portador, Tom. A él le decía cosas que no quería que preocuparan a su padre. Con él compartía las intimaciones misteriosas que experimenta el alma cuando las cuerdas empiezan a aflojarse antes de abandonar la tierra para siempre.