La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Ojalá se despierte y hable una vez más! —dijo; e inclinándose sobre ella, le dijo al oÃdo:
—¡Eva, cariño!
Se abrieron los grandes ojos azules; una sonrisa iluminó su rostro; intentó incorporarse para hablar.
—¿Me conoces, Eva?
—Querido papá —dijo la niña con un último esfuerzo, rodeándole el cuello con los brazos. Un momento después, se aflojaron y cayeron, cuando St. Clare levantó la mirada, vio un espasmo de agonÃa mortal cruzar su rostro; ella jadeó y alzó las pequeñas manos.
—¡Ay, Dios, esto es terrible! —dijo él, volviéndole la espalda y retorciéndole la mano a Tom, casi sin darse cuenta de lo que hacÃa—. ¡Ay, Tom, muchacho, esto me está matando!
Tom tenÃa cogida la mano de su amo entre las suyas, y, con las lágrimas cayéndole a chorro por las mejillas negras, buscó ayuda allá arriba donde solÃa buscarla.
—¡Reza porque sea lo más corto posible! —dijo St. Clare—. ¡Me destroza el corazón!
—¡Ay, Dios santo, ya ha acabado; ha acabado, querido amo! —dijo Tom—. ¡MÃrela!