La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Cuando Tom dejó de hablar, St. Clare buscó y cogió su mano y lo miró muy serio, pero sin decir nada. Cerró los ojos, pero aún sujetaba la mano, ya que, a las puertas de la eternidad, la mano negra y la blanca se estrechan en igualdad. Murmuró para sí en voz queda a intervalos irregulares:

Recordare Jesu pie…

En me perdas… illa die

Querens me… sedisti lassus

Era evidente que las palabras que hubiera cantado aquella tarde acudían a su mente, palabras de súplica dirigidas a la Misericordia Infinita. Sus labios se movían a ratos y fragmentos del himno salían chapurreados.

—La mente le empieza a divagar —dijo el médico.

—¡No, vuelvo a Casa, por fin! —dijo St. Clare con energía—. ¡Por fin, por fin!

El esfuerzo de hablar lo agotó. Cayó sobre él la palidez de la muerte, pero con ella, como si se escapara de las alas de algún espíritu misericordioso, cayó una bella expresión de paz, como la de un niño cansado cuando duerme.

Así se quedó durante algunos momentos. Vieron que lo tocaba la mano de Dios. Justo antes de que partiera el espíritu, abrió los ojos y con un repentino destello como de alegría y reconocimiento dijo: «¡Madre!» y expiró.


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