La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La señorita Ophelia sabía que era la costumbre universal enviar a las mujeres y a las muchachas jóvenes a casas de castigo, a manos de los hombres más despreciables —lo suficientemente viles como para dedicarse a esta profesión—, para que las desnudaran y pegaran de forma vergonzosa. Antes lo sabía, pero hasta ahora, que veía la pequeña figura de Rosa crispada por la angustia, no se había dado cuenta de lo que significaba. Toda la honrada sangre de la feminidad, la fuerte sangre libre de Nueva Inglaterra, se le subió a las mejillas y latía con amargura e indignación dentro de su corazón; pero con su autocontrol y su prudencia habituales, se dominó y, arrugando en papel con la mano, simplemente dijo a Rosa:
—Siéntate, muchacha, mientras hablo con tu ama. «¡Vergonzoso, monstruoso, un ultraje!», se decía a sí misma al cruzar el salón.
Encontró a Marie sentada en su poltrona con Mammy de pie a su lado, peinándola; Jane estaba sentada en el suelo delante de ella, frotándole enérgicamente los pies.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó la señorita Ophelia.
Como única respuesta, Marie primero dio un profundo suspiro y cerró los ojos un momento; después contestó: