La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —No lo sé, prima; ¡supongo que estoy todo lo bien que vaya a estar nunca! y Marie pasó por los ojos un pañuelo de batista con una gran extensión de bordado negro en la orilla.
—He venido —dijo la señorita Ophelia, con una de las toses breves y secas con las que se suele introducir un tema difÃcil—, he venido para hablarte de la pobre Rosa.
Marie abrió mucho los ojos y sus pálidas mejillas se tiñeron de rojo cuando contestó rudamente:
—¿Qué le pasa?
—Siente mucho lo que ha hecho.
—Conque lo siente, ¿eh? ¡Más lo va a sentir, antes de que yo acabe con ella! He aguantado la impertinencia de esa muchacha bastante tiempo, y ahora le voy a bajar los humos. ¡La haré arrastrarse por el suelo!
—Pero, ¿no podrÃas castigarla de otra manera, de una manera menos vergonzosa?
—Quiero avergonzarla; eso es exactamente lo que pretendo. Toda la vida ha presumido de su delicadeza y su belleza y sus aires de gran señora, hasta olvidarse de quién es. ¡Yo le daré una lección que la pondrá en su sitio, ya lo creo!
—Pero, prima, piensa que si destruyes la delicadeza y el sentido de la vergüenza de una muchacha joven, se echará a perder muy deprisa.