La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Delicadeza! —dijo Marie, con una risa de desprecio—. ¡Bonita palabra para una como ella! Yo le enseñare que, con todos sus aires, no es mejor que la moza negra más andrajosa que hace la calle. ¡No se dará más aires conmigo!
—¡Responderás ante el Señor por semejante crueldad! —dijo la señorita Ophelia con energÃa.
—¡Crueldad! ¡Me gustarÃa saber dónde está la crueldad! ¡Sólo he dado orden de que le den quince latigazos; y le he dicho que se los dé con ligereza! ¡No veo la crueldad de eso!
—¡Que no hay crueldad! —dijo la señorita Ophelia—. Estoy segura de que cualquier muchacha preferirÃa que la mataran directamente.
—PodrÃa parecer asà a alguien con tus sentimientos; pero todas estas criaturas se acostumbran a ello, es la única forma de mantener la disciplina. Una vez sientan que pueden adoptar aires de delicadeza y esas cosas, hacen su santa voluntad, tal como han hecho siempre todos mis criados. Yo he empezado a someterlos, ¡y quiero que sepan que mandaré a cualquiera de ellos a que lo azoten si no se andan con cuidado! —dijo Marie, mirando alrededor con decisión.