La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿Qué haces aquÃ? —preguntó Sambo, acercándose y dándole codazos jocosos en un costado—. Meditando, ¿eh?
—Me van a vender en la subasta mañana —dijo Tom con voz queda.
—¿Vender en la subasta? ¡Ja, ja, muchachos! ¿No es divertido? ¡Ojalá me fueran a subastar a mÃ, yo les harÃa reÃr, ya lo creo! Pero, dime, ¿todo este lote se venderá mañana? —preguntó Sambo, tomándose la libertad de apoyar la mano en el hombro de Adolph.
—¡Déjame solo, por favor! —dijo Adolph con furia, irguiéndose con gran repugnancia.
—¡Caramba, chicos! Este es uno de esos negros blancos, de color crema, ya sabéis, ¡y perfumado! —dijo, olfateando alrededor de Adolph—. ¡Ay, Señor, servirÃa para una tienda de tabaco: podrÃan utilizarlo para perfumar el rapé! ¡Señor, él solo mantendrÃa a flote la tienda, ya lo creo!
—Oye, déjame ya, ¿quieres? —dijo Adolph, muy airado.
—¡Ay, Señor, pero qué sensibles somos los negros blancos! ¡Miradnos! —y Sambo hizo una imitación burlona de los modales de Adolph—. ¿Habéis visto qué aires? Supongo que hemos estado con una buena familia.
—Sà —dijo Adolph—; yo tenÃa un amo que hubiera podido compraros a todos sin pensárselo.