La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—Y Emmeline, si no volviéramos a vernos más después de mañana, si a mí me venden en una plantación y a ti en otro lugar diferente, siempre acuérdate de cómo nos han educado y todo lo que te ha dicho el ama; llévate tu Biblia y tu libro de himnos; y si tú eres fiel al Señor, Él será bueno contigo.

Así habla la pobre mujer, muy desalentada; porque sabe que mañana cualquier hombre, por rastrero y brutal que sea, por impío y cruel, si tiene el dinero para pagarla, podrá ser el dueño de su hija en cuerpo y alma; y entonces, ¿cómo la muchacha va a ser fiel a Dios? Piensa en todo esto mientras estrecha a su hija entre sus brazos y quisiera que no fuera guapa y atractiva. Casi le parece un agravio recordar con qué castidad y pureza, muy por encima de lo habitual, la han educado. Pero no tiene más recurso que rezar; y muchas plegarias similares han salido de esas aseadas, limpias y ordenadas cárceles de esclavos, plegarias que Dios no ha olvidado, como se sabrá en un día venidero; porque está escrito: «El que escandalizare a uno de estos pequeños, más le valiera que le colgasen del cuello una piedra de molino y le hundieran en el fondo del mar[49]».

Los suaves rayos de luna se asomaban fijamente, señalando las figuras dormidas con los barrotes de la rejilla de la ventana. La madre y la hija cantan juntas una endecha bárbara y melancólica, tan frecuente entre los esclavos como un canto fúnebre:


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