La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Casi siempre, hasta que cayó enfermo. Lleva más de seis meses enfermo a rachas, y ha estado muy inquieto. Era como si no quisiera que descansara nadie, dÃa o noche; y se puso tan exigente que nada lo satisfacÃa. Era como si se enfadara más con cada dÃa que pasaba; a mà me tuvo levantada por las noches hasta que no podÃa más, y cuando me dormà una noche, ¡Dios mÃo! me habló de forma horrible y me dijo que me venderÃa al peor amo que pudiera encontrar; y eso que me habÃa prometido la libertad cuando él muriese.
—¿TenÃas amigos? —preguntó Emmeline.
—SÃ, mi marido, que es herrero. El amo solÃa tenerlo arrendado. Se me llevaron de allà tan deprisa que ni siquiera he tenido tiempo de verlo; y tengo cuatro hijos. ¡Ay de mÃ! —dijo la mujer, cubriendo el rostro con las manos.
Es un impulso natural en todos nosotros, cuando oÃmos una historia triste, pensar en algo que decir a modo de consuelo. Emmeline querÃa decir algo, pero no se le ocurrÃa nada que decir. ¿Qué se podÃa decir? Como de mutuo acuerdo, las dos evitaron, con temor y espanto, mencionar al hombre repugnante que era su amo ahora.