La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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Esto es lo que hubiera pensado quien viese la expresión hundida y desalentada de aquellos rostros oscuros, el cansancio nostálgico y paciente con el que aquellos tristes ojos se posaban sobre los objetos que iban pasando uno tras otro a lo largo de su aciago viaje.

Simon siguió adelante, sin embargo, con aparente satisfacción, bebiendo de vez en cuando de un frasco de alcohol que guardaba en el bolsillo.

—¡Eh, vosotros! —dijo, girándose y dándose cuenta de un vistazo de los rostros desalentados de los que iban detrás—. ¡Cantad alguna canción, muchachos, vamos!

Los hombres se miraron; se repitió el «Vamos», acompañado de un chasquido del látigo que tenía el amo en las manos. Tom empezó a cantar un himno metodista.

Jerusalén, mi feliz hogar,

el nombre que adoro.

¿Cuándo acabarán mis penas?

¿Cuándo vendrán tus…

—¡Cállate, negro maldito! —berreó Legree—. ¿Es que te creías que quería oír algo de vuestro maldito metodismo? ¡Vamos, cantad algo vivo y alegre!

Otro de los hombres empezó a cantar una de esas canciones sin sentido, muy comunes entre los esclavos.

El amo me vio coger un mapache,

¡Arriba, muchachos, arriba!

Rió hasta reventar, ¿veis la luna?


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