La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom ¡Jo, jo, jo, chicos, jo!
Jo, ju, jo, eh, oh!
El cantante parecía inventar la canción a su propio gusto, según iba cantando, sin esforzarse mucho porque tuviera sentido; y el resto del grupo se unía para cantar el estribillo:
Jo, jo, jo, chicos, jo!
Jo, ju, jo, eh, oh!
Cantaron con gran estrépito y esforzándose mucho para estar alegres; pero ningún lamento desesperado, ninguna plegaria apasionada hubiera podido contener una pena más profunda que las salvajes notas del estribillo. ¡Como si el pobre corazón mudo, bajo amenaza y encarcelado, se refugiase en el santuario inarticulado de la música, encontrando en ella un lenguaje con el que susurrar su plegaria a Dios! Su canción encerraba una plegaria que Simon no podía escuchar. Él sólo oía a unos muchachos cantando estrepitosamente, y eso lo satisfizo, pues conseguía «mantenerlos contentos».
—Bien, querida mía —dijo, volviéndose hacia Emmeline y poniendo la mano sobre su hombro—. ¡Casi estamos en casa!