La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Cuando Legree gritaba y bramaba, Emmeline se aterrorizaba; pero cuando le ponÃa la mano encima y le hablaba como en esta ocasión, sentÃa que preferirÃa que la golpease. La expresión de sus ojos la llenaba de repugnancia y le ponÃa los pelos de punta. Involuntariamente se acercó más a la mulata como si fuese su madre.
—Nunca has llevado pendientes —dijo él, cogiendo su pequeña oreja entre sus rudos dedos.
—No, amo —dijo Emmeline, temblando y mirando hacia abajo.
—Bien, pues yo te daré un par cuando lleguemos a casa, si te portas bien. No te asustes asÃ; no pienso hacerte trabajar mucho. Te lo pasarás en grande conmigo, vivirás como una señora… sólo tienes que portarte bien.
Legree habÃa bebido tanto que le daba por ser muy magnánimo; y en estos momentos, más o menos, la valla de su plantación se alzó ante sus ojos. La hacienda habÃa pertenecido anteriormente a un caballero rico y de buen gusto, que habÃa puesto mucho cuidado en la disposición de su propiedad. Al morir insolvente, Legree la compró a muy buen precio y la utilizaba, como todo lo demás, sólo como un instrumento para ganar dinero. El lugar tenÃa esa apariencia ajada y abandonada que siempre produce la evidencia de que los cuidados del antiguo amo han dado paso a la decadencia total.