La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Lo que había sido un césped bien cuidado delante de la casa, salpicado aquí y allí de arbustos ornamentales, ahora estaba cubierto de una hierba desaliñada y enmarañada, con postes para atar los caballos clavados por doquier, rodeados de zonas pisoteadas y sin hierba, con cubos rotos, mazorcas de maíz y otros desechos esparcidos alrededor. En algunos puntos, algún jazmín o madreselva enmohecido colgaba desordenado de un tiesto ornamental, que había sido apartado para utilizarlo como poste de caballos. Lo que antaño había sido un huerto estaba ahora cubierto de malas hierbas, a través de las cuales asomaba la cabeza, de vez en cuando, alguna flor exótica. El antiguo invernadero estaba sin cortinas y en los desvencijados estantes quedaban algunas macetas secas y abandonadas con cañas clavadas en ellas, y unas hojas marchitas que atestiguaban que habían sido plantas alguna vez.
El carro subió por un camino de gravilla y maleza, bajo una avenida de nobles árboles del paraíso, cuyas gráciles formas y frondosas hojas parecían ser las únicas cosas que el abandono no podía arredrar ni alterar, como espíritus nobles, tan profundamente arraigados en la bondad que prosperan y se fortalecen entre el desaliento y la decadencia.