La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom La casa había sido grande y hermosa. Estaba construida a la manera típica del sur, con un ancho porche de dos alturas rodeando toda la casa, al que daban todas las puertas que comunicaban con el exterior, soportado en la parte inferior por unos pilares de ladrillo.
Pero ahora parecía desolada e incómoda; algunas ventanas estaban tapadas con tablas, otras tenían lunas rotas y contraventanas que colgaban de una sola bisagra: todo testimoniaba un absoluto abandono y despreocupación.
Trozos de tabla, paja, viejos barriles y cajas podridas adornaban el suelo en todas direcciones; y tres o cuatro perros de aspecto feroz, advertidos por el sonido de las ruedas del carro, salieron a la carrera y sólo con grandes esfuerzos los sirvientes andrajosos que salieron tras ellos consiguieron que no atacaran a Tom y sus compañeros.
—¿Veis lo que os espera? —dijo Legree, acariciando a los perros con torva satisfacción, volviéndose hacia Tom y sus compañeros—. ¿Veis lo que os espera si intentáis escaparos? Estos perros han sido entrenados para cazar a los negros, y lo mismo les daría zamparse a uno de vosotros que su comida habitual. Así que, a ver si andáis con cuidado. ¿Qué tal, Sambo? —dijo a un tipo harapiento, con un sombrero sin ala, que le prestaba serviles atenciones—. ¿Cómo van las cosas?
—De primera, amo.