La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —No me digas que nunca has oÃdo hablar de ella —dijo la otra mujer—. Yo oÃa a mi ama leerla a veces en Kentucky, pero, ¡Señor! aquà no oÃmos más que gritos y palabrotas.
—Lee un poco, de todas formas —dijo la primera mujer, con curiosidad al ver cómo la estudiaba Tom.
Tom leyó: «Venid a MÃ, todos vosotros que trabajáis y lleváis una pesada carga, y Yo os daré descanso».
—Ésas sà son buenas palabras —dijo la mujer—. ¿Quién las dice?
—El Señor —dijo Tom.
—¡Ojalá supiera dónde encontrarlo! —dijo la mujer—, pues irÃa allÃ; tengo la sensación de que nunca más descansaré. Me duelen las carnes y tiemblo todo el dÃa, y Sambo no para de gritarme por no recoger más deprisa; y luego es casi la medianoche antes de que pueda cenar; y luego parece que acabo de darme la vuelta y cerrar los ojos cuando oigo sonar la corneta para levantarme y otra vez es por la mañana. Si supiera dónde está el Señor, se lo contarÃa.
—Está aquÃ; está en todas partes —dijo Tom.
—¡Cielos, no me vas a hacer creer eso! Sé que el Señor no está aquà —dijo la mujer—; no sirve para nada hablar, sin embargo; me voy a tumbar y dormir mientras puedo.