La Cabaña del tío Tom
La Cabaña del tío Tom Las mujeres se fueron a sus barracones y Tom se quedó solo, junto al fuego agonizante, que le teñía el rostro con llamitas rojas.
La bella luna plateada se alzó en el cielo púrpura y miraba, tranquila y silenciosa, tal como Dios mira los escenarios de miseria y opresión; miró tranquila al hombre negro sentado allí con los brazos cruzados y la Biblia apoyada en sus rodillas.
«¿Está Dios aquí?». Ay, ¿cómo es posible que un corazón ignorante mantenga su fe inamovible ante el desorden más absoluto y la injusticia descarada y sin repulsa? Una fiera batalla se libró dentro de ese sencillo corazón; el sentido abrumador de injusticia, la premonición de toda una vida de futuras desgracias, el naufragio de todas las esperanzas pasadas, flotando a la vista del alma, como los cadáveres de mujer, hijos y amigos se presentan, a la deriva sobre las oscuras olas, ante la cara del marinero medio ahogado. ¡Ay! ¿Era fácil creer aquí y mantener firme aquella gran consigna de la fe cristiana: «Dios existe y recompensa a los que lo buscan con diligencia»?