La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —La hubiera obligado a latigazos —dijo Legree, escupiendo—, pero hay tanto trabajo que no parece buena idea trastornarla ahora. Es poca cosa, ¡pero estas chicas delgadas casi se dejan matar con tal de salirse con la suya!
—Pues Lucy estaba incordiando, haciendo el vago y enfurruñada, y no querÃa dar golpe, y Tom recogió algodón por ella.
—Conque sÃ, ¿eh? Pues entonces, Tom tendrá el placer de azotarla. Será buena práctica para él y no se excederá con la muchacha como vosotros, ¡demonios que sois!
—¡Jo, jo, ja, ja! —se rieron los dos desgraciados renegridos y los sonidos diabólicos realmente parecÃan una expresión bastante apropiada de la naturaleza malévola que les adjudicaba Legree.
—Bien, pero, amo, entre Tom y la señorita Cassy llenaron la cesta de Lucy. Supongo que lo notaremos en el peso, amo.
—Yo soy el que pesa —dijo Legree con énfasis.
Los dos capataces volvieron a soltar sus diabólicas carcajadas.
—Asà que —añadió— la señorita Cassy cumplió con su jornada de trabajo.
—¡Recoge como el diablo y todos sus ángeles!