La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Yo creo que los lleva a todos dentro! —dijo Legree, y, soltando un brutal juramento, entró en la sala de pesar.
Las criaturas agotadas y decaÃdas fueron entrando despacio a la sala y fueron presentando sus cestas de mala gana para que las pesaran.
Legree apuntaba las cantidades en una pizarra que llevaba pegada una lista de nombres.
La cesta de Tom fue pesada y aprobada, y él esperaba ansioso el éxito de la mujer a la que habÃa ayudado. Tambaleándose por el cansancio, ella se adelantó y entregó la cesta. CumplÃa bien el peso, como Legree vio claramente, pero fingió estar enfadado y dijo:
—¿Qué pasa, bestia perezosa? Te falta peso de nuevo. Ponte a un lado, que te la vas a cargar enseguida.
La mujer soltó un gemido de total desesperación y se sentó sobre una tabla.
La persona a la que llamaban señorita Cassy se adelantó y entregó su cesta con un gesto arrogante y displicente. Al dejarla, Legree le miró a los ojos con una mirada burlona e inquisitiva.