La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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—¿Me ves a mí ahora? —dijo a Tom, hablando muy rápido—. ¿Ves cómo soy? Pues a mí me criaron con mucho lujo; lo primero que recuerdo es haber jugado, de niña, en magníficos salones; me vestían como una muñeca y los que iban de visita me halagaban. Un jardín daba a los salones y allí solía jugar al escondite bajo los naranjos con mis hermanos. Fui a un convento, donde aprendí música y francés y a bordar y muchas cosas más; y cuando tenía catorce años, salí para ir al funeral de mi padre. Murió muy de repente y, cuando fueron a poner sus asuntos en orden, descubrieron que apenas había suficiente dinero para pagar las deudas; y cuando los acreedores hicieron inventario de los bienes, me incluyeron a mí entre ellos. Mi madre era esclava, y mi padre siempre había tenido la intención de dejarme en libertad; pero no lo había hecho, por lo que iba incluida en la lista. Yo siempre había sabido quién era, pero no le había dado mucha importancia. Nadie espera que un hombre fuerte y sano se vaya a morir. Mi padre era un hombre sano hasta cuatro horas antes de morir; fue uno de los primeros casos de cólera de Nueva Orleáns. Al día siguiente del funeral, la esposa de mi padre se llevó a sus hijos a la plantación de su padre. Me pareció que me trataban de forma extraña, pero no sabía por qué. Dejaron a un joven abogado encargado de arreglar los negocios; él venía todos los días y estaba en la casa y me trataba con mucha cortesía. Un día trajo consigo a un hombre joven, que me pareció el hombre más guapo que había visto jamás. Nunca olvidaré aquella tarde. Paseé con él por el jardín. Yo estaba sola y triste y él era muy amable y tierno conmigo; y me dijo que me había visto antes de que me mandaran al convento y que hacía mucho tiempo que me amaba y que sería mi amigo y protector; en resumen, aunque no me lo dijo, había pagado dos mil dólares por mí y yo era de su propiedad. Yo me hice suya de buena gana, porque lo amaba. ¡Amar! —dijo la mujer, interrumpiéndose—. ¡Ay, cómo amaba a ese hombre! ¡Cómo lo amo aún, y siempre lo amaré mientras viva! ¡Era tan bello, tan superior, tan noble! Me instaló en una hermosa casa con sirvientes, caballos, carruajes, muebles y vestidos. Me dio todo lo que se podía comprar con dinero, pero yo no le daba importancia a eso; sólo me importaba él. Lo amaba más que a Dios y más que mi propia alma y, aunque lo hubiera intentado, no podía hacer otra cosa que su voluntad.


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