La Cabaña del tío Tom

La Cabaña del tío Tom

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»Sólo quería una cosa: que se casara conmigo. Pensaba que, si me quería como decía que me quería, y si yo era lo que parecía pensar que era, debía de estar dispuesto a casarse conmigo y dejarme libre. Pero me convenció de que sería imposible; y me dijo que si nos fuéramos fieles el uno al otro, sería un matrimonio a los ojos de Dios. Si eso es verdad, ¿por qué no fui la esposa de aquel hombre? ¿No fui fiel? Durante siete años, estudié cada mirada y cada movimiento y sólo vivía y respiraba para complacerle. Contrajo las fiebres amarillas y durante veinte días y noches lo cuidé. Yo sola le daba todas sus medicinas y lo hacía todo por él; entonces me llamaba su buen ángel y decía que le había salvado la vida. Tuvimos dos hermosos hijos. El primero fue niño y le pusimos Henry. Era la viva imagen de su padre: tenía unos ojos muy bellos y su cabello caía en rizos alrededor de su frente despejada; tenía el espíritu y el talento de su padre también. Él decía que la pequeña Elise se parecía a mí. Solía decirme que yo era la mujer más bella de Luisiana y estaba muy orgulloso de mí y de los niños. Le encantaba que los arreglase y nos paseaba a ellos y a mí en un carruaje abierto y escuchaba los comentarios que hacía la gente sobre nosotros; y me llenaba los oídos de las cosas hermosas que decían de mí y de los niños. ¡Ay, qué días más felices! Creía ser tan feliz como pudiera serlo una persona; pero entonces llegaron los malos tiempos. Un primo suyo fue a visitarlo desde Nueva Orleáns; eran muy amigos y tenía muy buena opinión de él, pero, desde el primer momento en que lo vi, nunca pude comprender por qué. Yo le tenía horror, pues estaba segura de que iba a ser la causa de nuestra ruina. Conseguía que Henry saliera con él y a menudo no regresaban hasta las dos o las tres de la madrugada. No me atrevía a decir ni una palabra; tenía miedo por lo fogoso que era Henry. Llevaba a éste a las casas de juego, y era de los que, una vez empiezan, no hay manera de detenerlos. Y luego le presentó a otra dama y pronto me di cuenta de que yo había perdido su corazón. Nunca me lo dijo, pero lo vi, lo supe, día tras día, ¡sentí cómo se me rompía el corazón, pero no pude decir ni una palabra! En esto, el desgraciado se ofreció a comprarnos a mí y a los niños para pagar las deudas de juego de Henry, que impedían que hiciera la boda que él quería; ¡y nos vendió! Me dijo un día que tenía negocios en el campo y que se marchaba durante dos o tres semanas. Hablaba con más amabilidad que de costumbre y dijo que volvería, pero a mí no me engañó. Sabía que había llegado el momento; era como si me hubieran convertido en piedra; no pude hablar ni derramar una lágrima. Él me besó y besó a los niños, muchas veces, y se marchó. Lo vi montar en su caballo y lo miré hasta que se perdió de vista; luego caí desmayada.


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