La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¡Eh, vosotros, Sambo, Quimbo! ¡Venid todos los braceros! —gritó Legree, regresando a los barracones, adonde llegaban los hombres y mujeres de vuelta del trabajo—. Hay dos fugitivas en el pantano. Daré cinco dólares al negro que las coja. ¡Sacad los perros! ¡Sacad a Tiger y Fury y los demás!
Esta noticia produjo una sensación inmediata. Muchos de los hombres se adelantaron solÃcitos de un salto, para ofrecer sus servicios, o bien con la esperanza de conseguir la recompensa o por el servilismo adulador que es uno de los efectos más funestos de la esclavitud. Algunos corrieron en una dirección y otros en otra. Algunos fueron a coger antorchas de pino. Otros fueron a soltar a los perros, cuyos aullidos roncos y salvajes contribuÃan en gran medida a la animación de la escena.
—¿Amo, debemos dispararles si no podemos cogerlas? —preguntó Sambo, cuyo señor le entregó un rifle.
—Puedes dispararle a Cass, si quieres; ya va siendo hora de que se vaya al infierno, que es donde debe estar; pero no a la muchacha —dijo Legree—. Y ahora, muchachos, ¡poned manos a la obra! Cinco dólares para quien las coja, y un vaso de whisky para todos, pase lo que pase.