La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom Toda la banda, con las llamaradas de las antorchas y los gritos y alaridos y chillidos salvajes de hombres y bestias, se marchó al pantano, seguida, a lo lejos, por todos los sirvientes de la casa. Este establecimiento, en consecuencia, se hallaba totalmente desierto cuando Cassy y Emmeline se deslizaron por la puerta de atrás. Los alaridos y gritos de sus perseguidores aún llenaban el aire; y, mirando por las ventanas del salón, Cassy y Emmeline vieron a la tropa con sus antorchas, dispersándose a lo largo del borde del pantano.
—¡Mira allá! —dijo Emmeline, señalándoselos a Cassy—. ¡Ha empezado la caza! ¡Mira cómo bailan las luces! ¡Escucha a los perros! ¿No los oyes? Si estuviéramos allÃ, nuestras vidas no valdrÃan un centavo. ¡Oh, por el amor del cielo, escondámonos, Cassy!
—No hay que apresurarse —dijo Cassy con serenidad—; están todos fuera viendo la caza: es la diversión de la noche. Subiremos dentro de un rato. Mientras tanto —dijo deliberadamente, sacando una llave del bolsillo de la chaqueta que Legree habÃa tirado con las prisas—, mientras tanto, cogeré algo para pagar nuestros pasajes.
Giró la lleve en el escritorio y sacó un fajo de billetes, que contó rápidamente.
—¡Ay, no hagamos eso! —dijo Emmeline.