La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —¿No? —dijo Cassy—. ¿Por qué no? ¿Prefieres que nos muramos de hambre en los pantanos o que podamos pagar nuestro viaje a los estados libres? El dinero todo lo puede, muchacha —y, mientras hablaba, se guardaba el dinero en el corpiño.
—SerÃa robar —dijo Emmeline, en un susurro angustiado.
—¡Robar! —dijo Cassy, con una carcajada desdeñosa—. Los que roban cuerpos y almas, que no nos digan nada. Cada uno de estos billetes es robado; robado de pobres criaturas hambrientas y sudorosas que deben irse a la ruina en beneficio de él. ¡Que hable el de robar! Pero, vamos; más vale que subamos a la buhardilla; tengo unas reservas de velas allà y algunos libros para pasar el tiempo. Puedes estar segura de que no subirán allà a buscarnos. Si lo hacen, yo haré de fantasma para ellos.
Cuando Emmeline llegó a la buhardilla, encontró una caja enorme, que habÃa servido para transportar grandes muebles, volcada hacia un lado, de modo que la apertura daba a la pared, o más bien, al faldón. Cassy prendió una pequeña lámpara y, andando a gatas por debajo del faldón, se instalaron dentro de la caja. TenÃa un par de colchones pequeños y algunas almohadas; una caja cercana estaba repleta de velas, provisiones y toda la ropa necesaria para su viaje, que Cassy habÃa empaquetado en fardos de tamaño extraordinariamente reducido.