La Cabaña del tÃo Tom
La Cabaña del tÃo Tom —Verás —dijo Sam—, verás, Andy, si algo ocurriera como que el caballo del señor Haley empezase a actuar de forma extraña y dar guerra, tú y yo simplemente soltamos los nuestros para ayudarle, ¡y le ayudaremos, ya lo creo que sÃ! —y Sam y Andy echaron hacia atrás las cabezas y soltaron una carcajada grave y descomedida, chasqueando los dedos y dando saltitos encantadÃsimos.
En este momento, apareció Haley en el porche. Algo apaciguado por unas tazas de excelente café, salió sonriendo y charlando, con el humor bastante recuperado. Sam y Andy, levantando unas maltrechas hojas de palmera que solÃan llevar a guisa de sombreros, se fueron corriendo al apeadero para estar a punto para «ayudar al señor».
La hoja de palmera de Sam se habÃa desembarazado de cualquier intento de parecer entretejida en la zona del ala; y las mechas, separadas y tiesas, le conferÃan una flamante apariencia de libertad y rebeldÃa, digna de la de cualquier jefe fiyiano; mientras que, al haberse desprendido el ala entera de la de Andy, éste se encasquetó la copa con un golpe experto y un aire de satisfacción como diciendo: «¿Quién dice que yo no tengo sombrero?».
—Bien, muchachos —dijo Haley—, espabilaos, que no hay tiempo que perder.